El rosado también existe

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El mundo del vino es inmenso. Existen cientos de variedades de uva, decenas de miles de bodegas repartidas por todo el mundo (en España contamos más de 8.000), y ni hablemos del número de vinos y marcas que existen. Tenemos tanta variedad que sería imposible no encontrar al menos un vino acorde a los gustos de cada persona. Por eso me genera malestar cuando en un bar o restaurante pides vino y ofrecen tinto o blanco (ya ni entro en denominaciones de origen o marcas) Pero, ¿dónde quedó el rosado? ¿acaso no es un tipo de vino?

En general y simplificando, cuando la gente quiere beber algo fresco y ligero piden vino blanco, y cuando quieren algo con más carácter y potencia piden tinto. Lo que no saben es la infinidad de posibilidades que tiene el vino rosado. En España, poco a poco se va reactivando este consumo; pero en países como Francia, las ventas de rosado superaron hace tiempo a las de blanco. Somos el segundo país que más rosado produce del mundo y el quinto en consumo, y sin embargo apenas se conoce la cultura del rosado.

Históricamente, los primeros rosados de calidad que se elaboraron eran de un corte seco y delicado, estilo los rosados de Anjou-Saumur de la zona del Valle del Loira (Francia). Al acabar la 2ª Guerra Mundial, quizás por influencia americana, se popularizaron los rosados más dulzones y fáciles de beber, como el portugués Mateus Rosé o el español Peñascal, capaces de agradar a casi todos (incluso a los no bebedores de vino). En la actualidad parece ser que se vuelve a los inicios, a la seriedad y finura, con vinos rosados de zonas como la Provenza, Languedoc o Australia. Es más, muchas de las grandes bodegas españolas -independientemente de la tradición en producción de rosados o D.O.- están poniendo mucho empeño en la elaboración de un rosado de alta gama (Marqués de Murrieta, Ramón Bilbao, Scala Dei, Arzuaga, Codorniú, Otazu, etc.). Se agradece.

Culturalmente el consumo de vino rosado se ha asociado a las mujeres. Desde mi experiencia creo que es erróneo y que igual públicamente ellas fueran las que más lo consumían, pero que existían y existen muchos hombres a los que les encanta. Es más, conozco más hombres fanáticos del vino rosado que mujeres. De todos modos, no creo que se deba tratar a los vinos por sexos sino por momentos, necesidades o simplemente gustos.

Pero adentrémonos un poco más en el universo de los rosados. Se trata de vinos que se sirven frescos (a una temperatura parecida a la de los blancos, 6-8 grados) pero que pueden poseer gran complejidad de matices, debido a las diferentes variedades de uva empleadas o a los procesos de vinificación. Generalmente se elaboran a partir de uvas tintas, aunque algunas denominaciones permiten añadir un porcentaje de uvas blancas. Lo que sí está claro es que no se permite mezclar vino tinto con blanco para hacer rosado, salvo en Champagne donde ya casi tampoco emplean esta técnica.

Existen diferentes métodos para elaborar este tipo de vinos, pero para evitar ser demasiado técnicos, explicar que el color en el vino lo da la piel de la uva (también conocida como hollejo), por lo que cuanto más tiempo permanezca el mosto en contacto con los hollejos mayor extracción de color se logrará. Así, los vinos rosados podrán tener colores muy dispares, desde un rosa clarito y pajizo, hasta lograr un tono más rojo o violeta. Cierto es que existe un tipo de uva que posee la pulpa roja, se le conoce como tintorera y escasea mucho (en España tenemos la garnacha tintorera originaria de Alicante), en cuyo caso el color lo aporta tanto el hollejo como la pulpa; pero no es lo normal.

En cuanto a los aromas y sabores de los vinos rosados, decir que pueden ser muy variados y que dependerán del proceso de elaboración. Así mismo, pueden obtenerse vinos más o menos aromáticos, con mayor intensidad floral o frutal, con toques de panadería o lácticos, golosos o amargos, con aguja o sin ella, etc. La variedad es tan amplia que me arriesgaría a decir que existe un vino rosado para cada tipo de comida, por lo que su capacidad de maridar es grande.

En conclusión, los vinos rosados son grandes vinos -en cierta medida incomprendidos-, que se merecen una oportunidad. Hay que animarse a retar a los clásicos y costumbristas, a guiarse por los instintos o dejarse llevar por la curiosidad, porque puede que ese vino que aún no has probado y que te enamorará, no sea ni blanco ni tinto, sino rosado.

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